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Sociedad

La alarmante realidad educativa en Bolivia: un llamado a la acción

Por Norma Aguilar — 18 Sep 2026

La alarmante realidad educativa en Bolivia: un llamado a la acción
La alarmante realidad educativa en Bolivia: un llamado a la acción

Los resultados de las pruebas PISA 2025 han mostrado una caída significativa en el rendimiento promedio de los estudiantes, alcanzando su nivel más bajo desde que la OCDE inició estas evaluaciones. Más de 760.000 jóvenes de 15 años de 91 naciones participaron en esta valoración que examina no solo el conocimiento, sino también la capacidad de aplicar lo aprendido en situaciones reales. Sin embargo, Bolivia ha optado por mantenerse al margen de esta evaluación.

PISA se lleva a cabo cada tres años y abarca competencias en áreas como matemáticas, lectura y ciencias. A diferencia de otros métodos, no se centra en la memorización, sino en la habilidad de los estudiantes para interpretar información, razonar y resolver problemas innovadores. En su edición de 2025, se añadió la evaluación de la resolución de problemas computacionales, así como habilidades relacionadas con la curiosidad y la perseverancia, todo fundamental para el desarrollo laboral futuro de los estudiantes.

Causas del declive educativo en Bolivia.

El retroceso más notable se ha observado en las áreas de lectura y matemáticas. Según especialistas, la comprensión lectora es crucial para el aprendizaje, ya que sin ella, los estudiantes tienen dificultades para analizar textos, interpretar información histórica o resolver problemas matemáticos. Las brechas en matemáticas evidencian la falta de habilidades para manejar datos y formular estrategias adecuadas, lo que debilita el pensamiento crítico y la autonomía de los estudiantes.

Aunque algunos analistas atribuyen este deterioro a las secuelas de la pandemia, es importante señalar que la tendencia a la baja ya se había iniciado antes de 2020. La interrupción de las clases ha agravado la situación, pero factores como el uso indiscriminado de dispositivos electrónicos, la disminución del hábito de lectura y una relación cada vez más débil con las instituciones educativas han jugado un papel crucial. La inteligencia artificial, aunque puede enriquecer el aprendizaje, también puede imponer un empobrecimiento si sustituye el esfuerzo de investigar y aprender de manera crítica.

No obstante, el fracaso educativo en Bolivia no puede atribuirse únicamente a la tecnología. Países como Singapur, que poseen altos índices de digitalización, también muestran un desempeño educativo superior. La clave radica en la calidad de las políticas educativas, la formación de los docentes y la importancia que la sociedad le otorga a la educación. En contextos donde la educación es una prioridad estatal, las herramientas tecnológicas se utilizan como apoyo, mientras que en otros, se convierten en simples excusas.

En el país, la calidad educativa rara vez es el foco principal de debate público, que se limita a cuestiones como salarios o calendarios escolares. Sin embargo, la pregunta fundamental debería ser: ¿qué están aprendiendo realmente nuestros estudiantes y cuáles son los resultados de ese aprendizaje? Sin evaluaciones comparativas y transparentes, el diálogo se convierte en un intercambio de percepciones y intereses ajenos a la realidad educativa.

Bolivia ha experimentado diversas reformas educativas, pero ninguna ha logrado la continuidad necesaria para constituirse como un proyecto nacional. La Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez, en lugar de fortalecer el sistema, ha llevado a una profunda ideologización de la educación. Cuando el currículo se enfoca en una visión política particular, la escuela pierde su función formativa y se convierte en un espacio de adoctrinamiento, lo que impide que los estudiantes desarrollen su capacidad de pensamiento crítico.

Los más afectados por esta situación son aquellos niños y jóvenes que provienen de familias que no pueden suplir las deficiencias educativas con clases adicionales. Una educación insuficiente perpetúa las desigualdades sociales, restringe la movilidad y condena al país a un ciclo de baja productividad. Las consecuencias de esta crisis se traducen en escasas oportunidades laborales, empleos poco estables y una ciudadanía vulnerable a la manipulación.

Para revertir esta situación, es necesaria una transformación estructural en el sistema educativo. El primer paso es aceptar la necesidad de evaluaciones externas y la participación en pruebas como PISA, que aunque no resolverán por sí mismas la crisis educativa, permitirán tener un diagnóstico claro. Posteriormente, se deben establecer metas concretas, fortalecer la formación docente y fomentar el hábito de la lectura y el pensamiento matemático, usando la tecnología de manera pedagógica y asegurando continuidad en las políticas educativas más allá de los cambios de gobierno.

Bolivia no podrá mejorar lo que se niega a evaluar. Participar en las pruebas PISA no es la solución mágica para la crisis educativa, pero facilitaría una reflexión basada en datos reales. El verdadero fracaso no sería ser el último en el ranking, sino continuar en la ignorancia sobre el estado de la educación en el país.